Crónicas Roleras: HITOS: Olvidados en la Galia

Olvidados en la Galia
Juego: Hitos
Fecha: 30-4-2016
Pjs: Publio Decio (Adrián), Lucio Voreno (Alberto Carpintero)
y Vercasivelauno (Ángel)
Anuncio. “No hubo ese invierno prácticamente pueblo galo alguno que
no fuese sospechoso a nuestros ojos. Y no sé si esto debería parecer extraño,
porque, entre otros muchos motivos, sobre todo les resultaba insoportable que
quienes por su valor en la guerra eran superiores al resto de razas hubieran
decaído en su reputación hasta el extremo de soportar el dominio del Pueblo
Romano […] Aproximadamente quince días después de la llegada a los
campamentos de invierno se produjo un repentino levantamiento […] tras caer por
sorpresa sobre los leñadores, se presentaron con una tropa numerosa ante el
campamento, con intención de atacarlo […] se había fijado ese día para atacar
todos los cuarteles de invierno de César, de modo que ninguna legión pudiera
acudir en auxilio de otra; además de todo aquello, un gran contingente de
mercenarios germanos había cruzado el Rin y se hallaba a dos días de camino”.
Julio César. Comentarios a la
Guerra de las Galias
Una
aventura de hitos del infame Echavarren para cuatro jugadores basada en un
episodio real de la guerra de las Galias, donde se cita por primera vez a los
centuriones Tito Pullo y Lucio Voreno. Los jugadores interpretarán a soldados
romanos o auxiliares en una aventura de supervivencia contra un enemigo
aplastantemente superior a miles de kilómetros de la provincia romana más
cercana. 



Amanece en el norte de la Galia
Julio César ha acabado su campaña
contra Britania y tras cuatro años batallando en la Galia, está pacificada.
Dado que este ha sido un año de malas cosechas, César decide dividir a sus
legiones en distintas zonas para acuartelarse de cara al invierno. Los restos de
la legión VIII y cinco cohortes recién reclutadas han sido destinadas bajo el
mando de los legados Quinto Titurio Sabino y Lucio Aurunculeyo en territorio de
los eburones, en la Galia Belga. Es el invierno del 54 A.C.
Quince días después de instalar el campamento, el tribuno Publio
Decio da un paseo a caballo por los alrededores junto al rehén que han enviado
los arvernos, el príncipe galo Vercasivelauno. Más allá, en una de las praderas
anexas al campamento, la cohorte bajo el mando del centurión Lucio Voreno se
ejercita mientras una fría lluvia ligera lo va empapando todo. A lo lejos, se
observa una masa humana que avanza hacia el campamento. Pronto los ojos
expertos del galo distinguen a una turba de belgas a caballo. Los dos regresan
al campamento y allí se libra una batalla donde un desprevenido ejército romano
hace frente a unos 5.000 eburones al mando de su mismísmo rey, Ambíorix.
Todos luchan con valentía, incluido el
tribuno Publio Decio, que es la primera vez que asiste a un combate. Su tío en
el senado de Roma lo recomendó a César para que iniciara una carrera militar
imprescindible para el cursus honorum romano. También lucha con denuedo
Vercasivelauno, sabedor de que su primo Vercingetórix está

preparando una verdadera rebelión de la Galia contra los romanos,

y
que odia a los germanos (y los belgas con galos germanizados) aún más que a los
hijos del Tíber. Lucio Voreno, efectivo y profesional, distribuye a sus hombres
atendiendo al protocolo militar, añorando los tiempos donde servía con Pompeyo
Magno recorriendo Asia Menor y batallando contra verdaderos enemigos, no contra
bárbaros pintados de azul y con los cabellos en punta. Finalmente, los galos
retroceden. La caballería auxiliar hispana aprovecha para matar a todos los
belgas posibles, pero pronto se esconden en los bosques inaccesibles y deben
volver.
La tregua

Al poco, el propio rey Ambíorix propone un parlamento a una distancia
de seguridad del campamento. Publio Decio como oficial romano, Vercasivelauno
como traductor y Voreno como

protección se acercan a escuchar lo que el monarca
de los eburones tiene que decir. En terreno neutral, Ambíorix habla con los
romanos. Les dice que le debe mucho a César, que le liberó a hijo y sobrino de
la esclavitud a la tribu vecina de los atuátucos, pero que se ha visto obligado
a hacer la guerra porque se ha acordado en toda la Galia en una conferencia
secreta. Que él ya ha cumplido con su deber de patriota, y que ahora por sus
lazos de amistad les pide a los romanos que se vayan antes de que llegue un
enorme contingente de germanos mercenarios que se acerca y está a dos días, y
que vayan a reunirse con las legiones de Labieno o con Cicerón, cada uno de los
cuales está a unos cincuenta mil pasos. Él les promete y garantiza paso franco
y les mostrará las formas de pasar inadvertidos por las montañas.

Ya en el campamento, Publio Decio y Lucio Voreno acuden al consejo de
guerra con el resto de tribunos, los dos legados y los principales centuriones
para debatir las acciones a tomar. “Lo que más les desconcertaba era que apenas
se podía creer que un pueblo oscuro y pequeño, el de los eburones, se hubiera
atrevido, por su propia iniciativa, a coger las armas contra el Pueblo Romano”,
dice César en sus Comentarios a la Guerra
de las Galias
. En el debate se evidencia que los dos legados tienen
opiniones encontradas: Sabino es partidario de abandonar el campamento mientras
que Aurunculeyo Cota aboga por

quedarse en el campamento y seguir las órdenes
de César. Un brillante discurso del orador Publio Decio lleva a convencer a la
mayoría de los presentes de que lo mejor es quedarse. Aparentemente derrotado,
Sabino abandona la estancia. Mientras ellos debaten sus opciones, a los pocos
minutos una turba de soldados, formada en gran parte por los nuevos reclutas, y
dirigida por el legado Sabino, exige abandonar el campamento ante la inminente
llegada de los germanos. Para evitar el estallido de una revuelta, Aurunculeyo
da su brazo a torcer y todos se preparan para dejar el campamento. Es la
decisión que acaba de condenar a la VIII Legión.
El final de la VIII Legión
Es entrada la noche cuando la legión
abandona el campamento y se interna en los bosques en dirección al territorio
donde acampan las tropas del legado Quinto Cicerón. A las pocas horas, Ambíorix
y sus belgas cae sobre la larga columna de marcha y los legionarios se ven
obligados a luchar sin poder hacer uso de su superior táctica militar. Ahora
son unos 10.000 los galos que atacan, pero sin embargo ni aún así logran romper
las líneas romanas. Sabino ordena entonces a sus hombres que se agrupen por
manípulos y cohortes y dejen toda su impedimenta, todos sus enseres personales,
en

territorio de nadie. César dice al respecto: “además, sucedió algo
inevitable: por doquier los soldados rompían la formación y cada uno se afanaba
por buscar y llevarse de la impedimenta las cosas que más estimaba, y todo se
llenaba de gritos y de lamentaciones”. Publio Decio convence merced a futuras
promesas a un legionario de la cohorte de Voreno para que se arriesgue y le
recoja sus fardos con papiros. Los galos cambian de táctica y comienzan a
lanzar dardos a los romanos, que van cayendo poco a poco, pero sin romper sus
líneas. En esa tesitura, Ambíorix acuerda una tregua con Sabino, pero en el
parlamento aprovecha para matarlo. Al poco, muerte el otro legado de un dardo
en el cuello. “En ese instante proclaman a grandes voces su victoria y estallan
en alaridos, según es su costumbre, y, lanzándose al ataque contra los
nuestros, desbaratan las líneas”.

A partir de ese momento, comienza la
matanza. El centurión Tito Pullo y Lucio Voreno se hablan para salvar a sus
manípulos, y en lugar de hacer desbandada permanecen unidos en un testudo
retrocediendo lentamente. Así logran salvar unos 150 hombres. Desde lo alto de
una loma, observan la catástrofe. Una treintena de legionarios ha logrado
volver al campamento, pero tras repeler a los belgas, comienzan a suicidarse
hasta que no queda nadie vivo. Los últimos legionarios de la VIII legión
comienza a avanzar en silencio hacia el campamento de Quinto Cicerón. También
Ambíorix y sus hombres hacen lo mismo.
El asedio de la IX Legión
Tres días después los ciento cincuenta legionarios llegan
malheridos al campamento del legado Quinto Cicerón, hombre de cierta edad
hermano del famoso orador, que asombrado los recibe. Al
poco, un gran
contingente de galos se acerca en son de guerra. Además de los eburones, los
atuátucos se unen, y los nervios han convocado a los ceutrones, grudios,
levacos, pleumoxios y geidumnos. Son más de 60.000 guerreros, enfebrecidos por
la reciente victoria. Una vez más, se ofrecen a

parlamentar ofreciendo paso franco a los romanos, explicando que
realmente no quieren la guerra con Roma sino que abandonen la costumbre de
tener campamentos de invierno en sus territorios, algo que encuentran ofensivo.
Pero en esta ocasión, la presencia de Voreno y de Decio hace imposible todo
entendimiento. Ellos en primera persona han sido testigos de la doblez del rey
Ambíorix. Aconsejan fervientemente a Quinto Cicerón que no haga caso a los
galos y que resista en el campamento. Cicerón sigue su consejo y la legión se
prepara para un largo y duro asedio.

Pronto los galos atacan, son muchos en
número, pero el campamento resiste a pesar de algunas bajas. Pero tan solo ha
sido una prueba de fuerza para detectar debilidades en la legión y las
estructuras del campamento. A continuación los bárbaros comienzan a fabricar
torres de asedio y escorpiones, una tecnología que los romanos nunca habían
visto hasta ahora en sus campañas. Por lo que se ve, los galos han ido
aprendiendo a lo largo de los años de contacto con los romanos. Ante esta
tesitura, y conociendo el carácter voluble y fácilmente impresionable de los
guerreros celtas, Lucio Voreno propone al legado una salida nocturna para
aumentar la moral de las tropas romanas y para debilitar la de los galos. El
legado acepta, pero en el último momento, la persona al mando es el tribuno
Publio Decio, que se propone a sí mismo dado que las tropas que van a efectuar
la maniobra son los restos de la VIII Legión y él es el único oficial que queda
vivo. Esa decisión tendrá penosas consecuencias.
Un mensajero para César

Esa noche los ciento cincuenta legionarios se arrastran entre los
matojos para atacar al campamento galo. Los guerreros están bebiendo y comiendo
en auténticos banquetes, riendo ante la esperanza de una inminente victoria.
Para desgracia de los legionarios, el tribuno Publio Decio ha planeado el
ataque por el costado donde los galos han almacenado su ganado. Cuando comienza
el ataque, las vacas comienzan a causar más confusión entre las filas romanas
que entre los galos, que enseguida reaccionan. Y aunque los legionarios se
conducen con valor y arrojo y logran muchas bajas entre el enemigo, apenas un
puñado regresa vivo al campamento.

Pasan los días y los ataques se van
haciendo más intensos, mientras la construcción de las torres de asedio y los
grandes arietes está pronta a concluir. Estando reunido el consejo de guerra
del legado Quinto Cicerón, Lucio Voreno se propone como voluntario para llevar
un mensaje a César avisándole de la peligrosa situación en la que se
encuentran. Todos los anteriores han sido capturados y torturados a la vista de
los legionarios, pero todos saben que tarde o temprano los galos romperán las
defensas romanas y acabarán con todos. Voreno tiene la apariencia de un galo, y
Vercasivelauno ofrece a su esclavo como guía para el romano. El legado acepta
con pesar, y decide que en el siguiente asalto galo, Voreno, ataviado como un
guerrero belga, y el esclavo, intentarán atravesar las filas bárbaras y llegar
hasta Julio César.
Asalto
total
Esa noche los galos avanzan con todo
su poder, con las torres completadas, los arietes y los escorpiones. Los
sesenta mil guerreros se lanzan con gritos de guerra temibles a las empalizadas
romanas en una riada incontenible. Nuestros héroes combaten ferozmente acabando
con guerreros pintados de azul una y otra vez, hasta que el calor y la luz
intensa acompañada de humo sofocante hacen evidente que ha estallado un
incendio en el campamento. Algunos legionarios avisan que los galos han logrado
entrar y que están condenados. Es el momento de huir o de quedarse y morir.
Voreno no tiene ninguna duda, como tampoco la tiene el tribuno descendiente del
héroe Publio Decio Mus, ni el

príncipe galo, que odiaría rendirse a galos germanizantes como los
belgas. Los romanos resisten y Voreno una vez impartidas las órdenes
pertinentes, corre hacia la parte del campamento en llamas. Pero pronto se
tranquiliza al ver que ha sido un incendio casual en la batalla, pero que los
galos no han penetrado en el recinto. “Ellos [los galos] comenzaron a lanzar
con las hondas proyectiles incandescentes de arcilla reblandecida y dardos
encendidos sobre los barracones, que, de acuerdo con la costumbre gala, estaban
recubiertos de paja. Rápidamente prendió en ellos el fuego, y con la fuerza del
viento se esparció por todo el campamento. Con un gran clamor, como si ya
hubieran conseguido la victoria y ésta fuera cosa hecha, los enemigos
comenzaron a avanzar con todas las torres y testudos, trepando a la empalizada
por las escalas”. Sin embargo, los legionarios resisten. Entre la confusión,
Voreno y el esclavo se confunden con los galos y desaparecen en la noche.

El
fin del cerco
Lucio Voreno y el esclavo logran
escapar con grandísima dificultad, estando a punto de ser capturados en
multitud de ocasiones. Pasan los días y los romanos se preguntan si los dos
mensajeros habrán podido romper el cerco y encontrar a César, y si la ayuda
llegará a tiempo. Casi ha pasado un mes desde el inicio del asedio y cada día
hay menos legionarios aptos para la lucha. Voreno logra acceder al campamento
de Cayo Julio César tres días después. Se presenta en su tienda sucio y con
ropajes bárbaros. El general apenas levanta la vista con disgusto mientras
escribe en una tablilla. “César recibe la noticia hacia la hora undécima del
día. Al punto envía un mensajero a Marco Craso, en el territorio de los
belóvacos, cuyo campamento distaba del suyo veinticinco mil pasos. Le ordena
que a medianoche se ponga en camino con la legión y acuda rápidamente junto a
él. Envía otro al legado Cayo Fabio, para que lleve su legión al territorio de
los atrebates, por donde sabía que tenía que pasar”.

 enfrenta
a más de cincuenta mil galos. Pero los legionarios de la IX Legión tienen
confianza absoluta en la victoria. Y así es. Tras una ardua batalla, los galos
son repelidos. En el campo de batalla Voreno se abraza emocionado con el
centurión Tito Pullo, antiguo rival de la VIII Legión. Publio Decio sonríe al
César tras la victoria en lo que es su primer bautismo de guerra en campo
abierto. El único que mira al horizonte es el príncipe galo Vercasivelauno,
sabedor de que pronto se alzará un ejército de proporciones colosales en la
Galia y todos los romanos serán pasados a cuchillo.

Un mes después del asedio, Quinto Cicerón y los hombres de la IX
Legión tienen noticias de que César se acerca. Con grandes gritos de júbilo se
aprestan a organizar una salida y auxiliar al general romano, que tan solo ha
podido reunir dos legiones y se enfrenta a más de cincuenta mil galos.
Pero los legionarios de la IX Legión tienen confianza absoluta en la victoria.
Y así es. Tras una ardua batalla, los galos son repelidos. En el campo de
batalla Voreno se abraza emocionado con el centurión Tito Pullo, antiguo rival
de la VIII Legión. Publio Decio sonríe al César tras la victoria en lo que es
su primer bautismo de guerra en campo abierto. El único que mira al horizonte
es el príncipe galo Vercasivelauno, sabedor de que pronto se alzará un ejército
de proporciones colosales en la Galia y todos los romanos serán pasados a cuchillo.

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