Reseña de la actividad “Muerte y mitos en París”

Juego: Hitos
Fecha: 13-5-2017
Pjs:
Esteban de la Fortois (Ángel Mesta), Jacques Delacroix marqués de Agramont (Jaime
Vives), y Jean Baptiste de Bearne (Mago Peperoni).
Un invitado inesperado
Jacques Delacroix, marqués de
Agramont y antiguo político revolucionario de ideas ilustradas, Esteban de la
Fortois, médico de barriadas expulsado de la facultad por tráfico de cadáveres
y experto en orientalismo, y Jean Baptiste de Bearn, antiguo estudiante de
derecho que decidió deja la carrera y embarcare en un barco rumbo al Pacífico
en su búsqueda de poder y conocimientos arcanos, celebran su reunión semanal de
su club de discusión filosófica echando de menos a sus compañeros que esa noche
no departirán con ellos del tema elegido por el director de la sesión de esa
jornada, el marqués. Los contertulios deben reflexionar sobre la filosofía
política de la Grecia clásica. Comienza su intervención el antiguo estudiante de
derecho, argumentando que fue la búsqueda del poder definitivo lo que
diferenció a Roma de la Grecia clásica y precipitó a ésta hacia su destrucción
final. Pero en ese momento unos golpes en la puerta interrumpen su diatriba. No
lo saben todavía, pero al abrir esa puerta sus vidas cambiarán para siempre.

El médico abre, precavido como
siempre, con una pistola en la mano. Sus negocios con opio y contrabando le
obligan a llevar una vida en guardia. Se trata sin embargo de un hombre que
necesita sus auxilios médicos. Un hombre de mediana edad y casaca que denota
cierto rango social está herido y solicita su ayuda. Su olor a mar lo delata
como marinero, quizás contramaestre o capitán a tenor de sus ropajes. Mientras
lo tumban en la camilla y Esteban le hace una revisión preliminar, Jean Baptiste
aprovecha para mirar

en su hatillo
para buscar signos que lo identifiquen, pues el hombre no parece estar
completamente dueño de sí mismo, y murmura palabras y frases sin demasiado
sentido. En el hatillo lo primero que le sorprende es un pequeño cuadro de una
tempestad en la noche. Pero no lo termina de examinar cuando el paciente se
apresura a ofrecer a los ilustrados un pago por la operación a la que va a ser
sometido, ya que él no tiene dinero en ese momento. Les ofrece un libro de
conocimientos arcanos en pago, entendiendo por la nutrida biblioteca del médico
que es una materia que les puede interesar. Y no se equivoca. Pronto comienza a
desvariar, advirtiendo a los amigos que “no se acerquen al agua cuando estén en
tierra”, y señalando que el libro a él no le importa, sino el mapa que
contiene. Tambíen habla de un tal general cretense que le ha mostrado una isla
sumergida.

[…]

Bayonetas en la noche
El médico hace una de sus
mejoras noches, ayudado por el marqués, y logra salvar al marinero la vida de
la herida de bala que le ha atravesado el costado. Pero en breve unos fuertes
golpes hacen temblar la puerta, y las milicias de los sans coulottes quieren
irrumpir en la sala buscando a un tal capitán Saint Simón. Jacques y Esteban
intentan retener a las milicias populares mientras Jean Baptiste aprovecha para
utilizar uno de los hechizos que en su día aprendió en las lejanas islas del
índico en cultos innombrables y libros de oscuro origen para indagar en la
mente del capitán.

entiende que
se trata de la llave de una pensión, incluso logra obtener un nombre: madame
Dreyfuss.

Al parecer allí se encuentra el libro del que hablaba el capitán, el
infame libro de Skelos. Pronto la imagen cambia a un camarote de un barco donde
Saint Simón está cortando cabezas de pescados en una mesa sin reparar en cómo
mancha los mapas a su alrededor, mientras toma notas en una pequeña libreta que
parece una especie de diario, y de reojo observa el libro de Skelos reposando
abierto. En ese vistazo, Jean Baptiste entiende que ese libro debe de ser
antiquísimo, por lo menos de la época del imperio de Roma. Así puede navegar en sus recuerdos y ve cómo una señora
rolliza le entrega una llave. El estudioso de lo arcano

Los sans coulottes acaban
entrando en la estancia, pero entre los tres logran convencen a los milicianos
para que no maten a bayonetazos al capitán. Es más, Jean Baptiste utiliza su
oratoria leguleya para convencerles de que no lo saquen de la consulta hasta
que abonen una cantidad exagerada de francos, que ninguno de ellos tiene
encima. El jefe de la partida, vencido, acepta irse para pedirle ese dinero al
ciudadano Leffebre, su inmediato superior, pero deja a un guardia apostado en
la puerta.
Un primer encuentro con lo
imposible
El marqués de Agramont sale
junto con el guardia y le da amable conversación a la par de un poco de vino
peleón del médico para soltar su lengua, mientras él toma rapé. Así logra saber
de la trayectoria del ciudadano Leffebre, que se ha convertido en la mano
izquierda de Robespierre. Al parecer es un firme defensor del racionalismo y
está intentando acabar con todos los libros que fomenten y difundan la
superstición y los saberes irracionales.

de vino que
ofrece al miliciano, pero el sans coulotte se percata de ello y se apresta a
atacar al marqués. Sin embargo Jacques es más rápido y logra dejarlo
inconsciente. El miliciano cae al suelo reventando la jarra de vino, que forma
un charco de líquido rojo a su alrededor como una marca de sangre. Del interior
de la consulta, surge un grito ahogado de sus amigos.

De ahí, al parecer, su interés por el
libro de Skelos. Después de unos minutos, el antiguo militar intenta
disimuladamente verter un narcótico en la jarra

Durante ese tiempo, los dos
ilustrados estuvieron registrando al capitán Saint Simón. Observando el cuadro
con más atención, Jean Baptiste se percata de que está firmado por un tal
Edward Blake… ¡en 1820! Un escalofrío le recorre la espalda, aunque la
impresión es más intensa en la mente del médico. Sin embargo les queda algo más
por digerir: al arrancar el pañuelo que cubre el cuello del marino, ven que
tiene agallas.
Conversaciones con ratas
Los tres amigos, turbados,
deciden ponerse en marcha para averiguar el paradero de ese libro arcano. Para
prevenir futuros problemas con los sans coulottes, dejan al capitán con una
antigua paciente de Jacques en esa misma calle y pasean hasta una taberna donde
tomar unas cervezas pensando en los próximos pasos hacia donde encaminar sus
pesquisas. El hatillo contenía además del cuadro y de la llave de la pensión,
un pagaré del armador Pierre Armagnac al capitán Saint Simón en concepto del
viaje realizado en el barco Magdalena.
Los pensadores deciden comenzar por registrar el barco esa misma madrugada. El
puerto está prácticamente desierto, y varios toneles junto a una rampa que
conecta el Magdalena con el muelle anuncian que los estibadores ya han retirado
la carga. Aunque el barco parece vacío, Jean Baptiste decide no arriesgarse, y
mirando fijamente a una rata la recoge en su regazo y comienza a comunicarse
con ella utilizando sus artes arcanas, ante la mirada incrédula de Jacques. La
rata registra el barco y les anuncia que no hay nadie en su interior, pero que
hay restos de pescado en el camarote del capitán, y sangre.

Efectivamente la rata tenía
razón. El pescado son las cabezas de merluza que Jean Baptiste vio en la mente
del capitán. En las paredes del camarote, grotescos signos cabalísticos
escritos con sangre humana se ciernen amenazadores sobre los ilustrados. Su
efecto pertubardor es tan intenso que Jacques se ve obligado a sacar la cabeza
por el ojo de buey para buscar alivio. Así, por casualidad, atisba en la
oscuridad a una figura

embozada que
los espía oculto entre unos toneles en el muelle. Entretanto, los otros dos
amigos registran el camarote y acaban encontrando el diario de bitácora del
capitán Saint Simon. En ese diario se puede leer que un indio aborigen de la
Columbia Británica le entregó el libro de Skelos a cambio de unas pieles, y en
su interior se encontraba también un extraño mapa. Días más tarde, todavía en
puerto, compró el pequeño cuadro entre las posesiones que se vendían de una
antigua casona noble de la ciudad. Ya en la travesía de vuelta a casa, su salud
mental se había ido deteriorando hasta el punto de que recogía pasajes enteros
donde hablaba con un supuesto general cretense de nombre Agatocles. El mapa, según
sus anotaciones del diario, mostraba la ubicación de la isla de R’lyeh.

Sangre en el muelle
Antes de proseguir en sus
investigaciones, el grupo decide atrapar a la misteriosa figura que los espía.
Para ello Jean Baptiste y Esteban encaminan sus pasos a la casona donde se
aprecian todavía las luces en el despacho del armador Pierre Armagnac mientras
Jacques salta al agua helada desde la cubierta de forma inadvertida para rodear
al merodeador y rodearlo entre todos. El plan funciona bien y pronto el hombre,
contrahecho, con piernas cortas y brazos desproporcionadamente largos, con el
pelo lacio y los ojos saltones muy abiertos, yace en su poder. El hombre con un
acento gutural les insiste en que deben “entregarles el mapa”, y si no lo
tienen, deben encontrarlo y entregárselo, o “Dagón vendrá a reclamarlo y
arrasará toda la ciudad”. Les da a los héroes unas pocas horas, hasta el
amanecer. Cuando los pensadores intentan recabar más información, el
hombrecillo se revuelve y abriendo la boca desmesuradamente y mostrando una
hilera de colmillos afiladísimos, como los de un pez, arranca parte de la carne
del brazo al bravo marqués. No tiene tiempo de más, porque el médico
rápidamente le dispara a bocajarro con su pistola de avancarga matándolo
instanteamente.

Aturdidos por
la escena que acaban de vivir, los pensadores ilustrados deciden visitar al
armador de la Magdalena con el fin de recabar más información en sus pesquisas.
El armador los recibe amablemente y los convida a unas copitas de Jerez. Los
amigos se presentan como conocidos del capitán, al que han curado de sus
dolencias. El armador no se muestra sorprendido de que Saint Simón haya
padecido dolores, dado el estado de gran excitación con la que lo recibió al
tratar los asuntos del Magdalena. Lo recuerda nervioso en exceso por la ventana
abierta, y murmurar que no se está seguro “cerca del agua cuando se está en
tierra”. También intentó convencer al armador para emprender un viaje al
Índico. Sin embargo Armagnac no entendía que el viaje fuera a reportarle beneficios
claros, especialmente teniendo en cuenta el estado con el que llegó la
tripulación del barco. Apenas seis marineros de veintitres llegaron vivos,
muchos de ellos claramente enloquecidos. Hablaban de que Saint Simón pasaba las
horas mirando su cuadro en el camarote y de un tal libro de Skelos. Los sans
coulottes los interrogaron al respecto del libro, anuncia el armador sin darle
demasiada importancia.

La trampa
Los ilustrados se toman un
respiro y paran por una posada cercana para probar bocado. Son las tres de la
madrugada ya. El médico interroga a la posadera, vieja conocida suya, sobre la
madame Dreyfuss y su pensión. La posadera la conoce y señala a lo alto de la
colina más alta de la ciudad, la parte de Montparnasse. Efectivamente, la zona más
alejada del agua. Los investigadores de lo oculto están seguros de que allí
descansa el libro de Skelos, su recompensa final. Sin embargo, el tema del mapa
de la isla de R’lye, y el extraño hombrecillo que los amenazó con destruir la
ciudad, los inquieta. Deciden averiguar más sobre el tema. El médico va a
visitar al marqués de Picardía, colaborador como él de la Enciclopedia, y del
que recuerda, merced a su prodigiosa memoria, que en su día iba a redactar un
capítulo sobre islas míticas e iba a hablar sobre esa tal R’lye. Por su parte,
el antiguo político y el estudioso de lo arcano deciden volver a visitar a
Saint Simón en la casa de la paciente del médico para que les explique, si está
ya consciente, más sobre la isla.

Cuando Esteban de la Fortois
llega a la pequeña mansíon del marqués lo hacen esperar y debe detallar bien el
motivo de su visita para que un enjuto mayordomo lo deje entrar. Una vez en el
despacho del ya deteriorado marqués, que cojea con gota y que tiene el brazo
vendado y al parecer recién amputado (el médico le diagnostica diabetes con un
somero vistazo), recibe al colega enciclopedista con unos dulces. Cuando el
médico le explica el motivo de la visita, el marqués se excusa y sale de la
habitación para vaciar su estómago. El momento lo aprovecha Esteban para
curiosear entre los libros del marqués. Un armario le llama la atención, y con
un abrecartas fuerza la cerradura. De él cae una criatura semihumana disecada.
Se trata de un gul. Al desprenderse el ojo de cristal, cae una extraña gema que
tenía tras el globo ocular originalmente, por increíble que pareciera. Le
sorprende entonces la voz del marqués a su espalda. Le explica que esa era la
criatura que había asolado en verano las tierras del sur de Francia [es un
guiño

a la película
El Pacto de los Lobos]. Cuando la cazaron, la disecaron y la expusieron en el
museo de Francia, pero con los disturbios de la toma de la Bastilla el museo
fue saqueado y él logró poner a salvo la criatura. Tras la explicación, el tono
de la voz del marqués cambia radicalmente y le exige el mapa al médico,
mientras se quita el vendaje del brazo dejando al descubierto un brazo escamoso
con garras afiladas. El marqués explica que sus pactos con lo oculto le han
pedido un sacrificio de su humanidad. Mientras unas figuras acuosas armadas con
tridentes comienzan a trepar por la ventana y el marqués comienza a recitar
ensalmos macabros, el médico no tiene más remedio que traicionar a sus amigos
para salvar la vida.

La galera cretense
Los otros dos amigos no
sospechan que Esteban de la Fortois los ha vendido para salvar su vida.
Mientras el médico atraviesa en una extraña neblina de forma imposiblemente
rápida el camino que media hasta la casona donde sus amigos interrogan al
capitán, rodeado de profundos y acompañado por el marqués de Picardía, con la
extraña gema logra ver a través de la niebla y detectar cómo a millas de
distancia un enorme monstruo se acerca a la ciudad del Sena. No puede ser otro
que Dagón, que se acerca a reclamar el mapa. Entretanto Jacques y Jean Baptiste
logran deducir de las palabras del capitán todavía enfebrecido que el mapa está
oculto… ¡en el cuadro! Por imposible que parezca, los dos amigos no lo
descartan. Aferrándolo con fuerza el antiguo estudiante de derecho concentra su
energía mística mirándolo fijamente hasta que, efectivamente, logra traspasar
el velo de la realidad y aparecer en la cubierta de una galera cretense mil
quinientos años antes de Cristo.

Allí los marinos cretenses lo
saludan sin sorpresa y le señalan el camarote del capitán de la galera, el
general Agatocles. Según los conocimientos de Jacques, Agatocles era una figura
mítica que se suponía había circunnavegado África mil quinientos años antes de
la era cristiana. Y efectivamente, ahí se encuentra Agatocles, en ese mismo
viaje. En sus ojos enloquecidos Jean Baptiste cree reconocerse a sí mismo. El
capitán está cortando

cabezas de
merluzas en su mesa de trabajo, como hiciera también el capitán Saint Simon. El
cretense conversa con el estudiante de lo arcano y poco a poco su tono se va
haciendo más peligroso cuando Jean Baptiste le pregunta por el mapa de la isla.
El general cretense le confiesa que Saint Simon le pidió que lo guardara en el
camarote, y el antiguo estudiante de derecho intenta convencerlo de que Saint
Simon lo ha enviado a él a recuperarlo. Pero solo logra convencer al cretense
cuando le muestra los signos de degeneración que le ha proporcionado el acceso
a lo oculto. Inspeccionando la cojera de la pierna de Jean Baptiste, Agatocles
asiente y le entrega el mapa. Esa inspección acelera el proceso de degeneración
del desdichado Jean Baptiste.

Sangre, muerte y locura
Cuando Jean Baptiste recupera
la consciencia cae al suelo y vomita agua salada, consecuencia no deseada del
viaje que ha emprendido. Entonces escucha horribles gritos escaleras abajo y
signos de pelea. Preparado para lo peor, descubre que en su mano descansa el
mapa de la isla de R’lye. Después de rociarlo con aceite y prepararse para
quemarlo, a través de la ventana ve a lo lejos la figura de Dagon que se acerca
para reclamarlo. No puede evitar la tentación de mirar hacia la puerta para
intentar entender quién está atacando la casona, pero al hacerlo y sorprenderse
ante la pequeña horda de profundos, uno le lanza su tridente y casi lo
atraviesa. Jean Bapiste cae al suelo malherido y tanto el mapa como el candil
caen al suelo. El candil comienza a prender y a extender un incendio.

En ese momento Esteban de la
Fortois entra en la habitación de golpe aguantando en brazos a Jacques, atravesado
también por otro tridente y a punto de morir. El médico, que finalmente volvió
su lealtad hacia sus amigos y estuvo luchando contra las criaturas

irracionales y
el mago de Picardía, tras descerrajar un tiro al marqués (que atravesó primero
el brazo de Jacques) tuvo que retirarse ante el número de profundos y la
gravedad de las heridas del marqués de Agramont. Para evitar su muerte el
médico se arrodilla y le hace unos primeros auxilios mientras los profundos
irrumpen ya en la habitación después de haber matado a los integrantes de la
casa y al convaleciente capitán Saint Simon. Pero justo en ese momento, en un
supremo esfuerzo de pura voluntad, Jean Baptiste logra extender el brazo y
quemar el mapa. Al sentir que la reliquia se ha perdido, Dagon da la vuelta al
mar en la lejanía y los profundos van dejando el edificio.

Diecisiete años después, en
una galeaza en mitad del océano, un marino entra en el camarote de su capitán,
Edward Blake, preguntando por el rumbo que han de tomar. Y Jean Baptiste, con
una cojera más que evidente y arrugas en su cara, responde a su subalterno
mientras termina de pintar el cuadro de una tempestad en la noche.

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